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SALSIPUEDES Capítulo 17 del libro Frankie Ruiz: volver a nacer


Es un negro imponente, alto, algo más de seis pies de estatura, pelo ensortijado, canoso y con unas espaldas como un aparador. La edad me confunde, pero debe haber visto mucho y muy variado este hombretón de ojos vivos y dientes blanquísimos.

—¡Supongo que eres el único cubano que vive en este… como decir… en este rincón del mundo!

—¡En el fin del mundo, chico, creo que sí! —afirma sin dejar de reír, pero ya con menos contundencia—. En Tallahassee, la capital del estado, unas cuantas millas hacia el sur, tengo un montón de amigos cubanos establecidos allí desde hace tiempo, más los que vienen y van por la política, los tribunales estatales y los negocios. Pero ya no voy muy a menudo por allá, que los años lo vuelven a uno perezoso ¿tú no crees? —Con su manaza en mi hombro, me va llevando por el camino de grava perfectamente apisonada hacia el portal de su modesta pero amplia y confortable casa—. Y si te vas a la costa, Pensacola, Destin, Apalachicola, Panamá City y todos esos pueblecitos playeros, pues los encuentras con relativa abundancia, pero aquí, ni uno más que el que te habla, nanay. ¡Soy el único habanero en Havana! ¿cómo te cae?

—¡No puedo ni imaginarme como llegaste hasta aquí!

—Es una larga historia, compadre, pero te la voy a resumir en dos parrafadas. —Me lleva hasta un sillón, un sillón de verdad, de esos de madera dura y balancines para mecerse—. Me fugué de un barco mercante cubano en Panamá cuando era todavía un jovenzuelo, hace tanto tiempo de eso que ya casi ni me acuerdo. Trabajé cuatro o cinco años en el Canal y ahí me metí a recluta en el ejército americano y terminé peleando, ¡tiempos difíciles aquellos!, en la etapa final de la guerra de Viet Nam. —Levanta un brazo en señal de momentáneo alto, entra a la casa y vuelve enseguida con un par de cervezas ya abiertas—. Me da una, prueba la suya y se sienta en otro sillón que ha levantado previamente hasta ponerlo frente al que ocupo yo—. De paracaidista de la 82 División Aerotransportada pasé a policía en Nueva York y más tarde a alguacil federal. Luego trabajé por muchos años en prisiones, un job que me enseñó mucho de los hombres, pero no me amargó, por suerte, la vida.

Sigo su abigarrada narración con la perplejidad del que descubre, de improviso, una especie de milagro de vida, o una vida milagrosa, ¡no sé! No se me ocurre ni una palabra que decir ante una historia como esa. Toma un sorbo de cerveza y pone el botellín en una mesita.

—Me casé con la que sigue siendo, gracias a Dios, mi esposa, tuve un montón de hijos, todos, hoy en día, hombres y mujeres de bien, regados a lo largo y ancho de este gran país e incluso uno de ellos, militar también, en Alemania. Luego vinieron un carajal de nietos, me retiré pasado de años porque no me veía aquí sentado, y ahora, junto con mi vieja, una jamaicana de armas tomar, que ahorita viene con mandados para que almuerces con nosotros, crio abejas para no aburrirme y vendo la mejor miel de abejas orgánica de toda esta zona. ¡Que caray, del mundo, que no la recolecto por dinero, sino por amor a esos animalitos tan trabajadores! ¿Qué más quieres saber sobre mi o damos por terminada esta parte?

—¡Eres una novela caminando! ¿O es que no te has dado cuenta de eso?

—¡No hombre, no seas bobo, mi hermano, soy simplemente un negro de Luyanó, que no le cogió miedo a aventurarse por la vida, pelear cuando había que hacerlo y que ahora vive feliz y tranquilo en este campito!

—¡Pero mira, en tantos años dando vueltas por el mundo no has perdido nada de tus raíces, eso es increíble!

—¡Oye chico, eso es como montar en bicicleta, lo que bien se aprende nunca se olvida!

—¡Wao! —pienso que este hombre merece un libro, pero veo claro, es obvio, que después de su mujer, sus hijos y sus nietos, es la miel de abejas orgánica lo único que lo hace feliz.

—Está bien, ya hablaremos de ti otro día. ¿Sabes por lo que vine a molestarte? —Al fin logro encauzar el objetivo de mi visita.

—Nunca es molestia, y mira, hablar en español de vez en cuando, chico, cosa difícil por estos andurriales, es como una medicina para mí. —Acomoda el corpachón en el balance, da un trago largo a la cerveza y se apresta al cambio de tema—. Se que estas investigando acerca de la vida de ese muchacho, el cantante, y como te deben haber contado, yo lo conocí y tuve la oportunidad de conversar bastante con él y ayudarlo en todo lo que pude. ¿Es eso?

—Eso mismo. Lo conociste en las malas, ¿no es cierto?

—Sí, hasta cierto punto sí. —Se queda pensando un poco—. Te voy a contar en orden lo que supe de él por los papeles, lo que vi con mis ojos y lo que él mismo me narró, que es lo más importante para comprender a un hombre.

—Te escucho. ¡Y no te imaginas con qué interés!

Asiente con la cabeza y se pone en una onda más seria, más profesional, aunque es justo decir que este hombre. —Cuya verdadera edad se me sigue escapando—, incluso cuando ríe a carcajadas, no deja de inspirar consideración y respeto.

—Comienzo por decirte, que este muchacho, Frankie Ruiz, no era de ninguna manera, un delincuente en el estricto sentido en que suele utilizarse esa palabra. Todos sus problemas se desencadenan con la muerte, muy prematura, de su señora madre, y los líos con la ley comienzan en junio de 1988 y vienen, aunque el dictamen legal diga otra cosa, por el consumo del crack.

—Cae preso por piratería aérea, ¿no? ¿O no es esa la razón por la que lo juzgan? —le pregunto con alguna duda.

—Si… y no. —Se toma su tiempo— Sí porqué es la acusación que le hacen, pero no, porqué todo comienza por el consumo de drogas duras en un avión. Durante un vuelo, una azafata lo ve consumiendo sustancias prohibidas, lo regaña y él, ido del mundo, fuera de control, riposta de palabra y con cierta violencia. Lo detienen al tomar tierra la nave, como es lógico, y lo condenan a catorce meses por un delito federal. Así es como llega por primera vez al Correccional Federal de Tallahassee y así es también como yo lo conozco.

—Pensándolo bien, me parece que fueron bastante benévolos con él.

—Por supuesto, no era un delincuente consuetudinario, como ya te dije. Al contrario, era un artista muy conocido y un hombre de bien. Pero un hombre de bien tocado por la desgracia del alcohol y las drogas, que como tú sabes, no es un acto de maldad, sino una enfermedad. Una enfermedad terrible. En ese tiempo tras las rejas, y ya desintoxicado, Frankie vuelve a ser el muchacho noble y bueno, el hombre de pueblo que todos conocían.

—Hasta un disco le permitieron grabar en ese tiempo, ¿no?

—La idea no era hacerle daño, sino ayudarlo a reincorporarse a la sociedad. Se le permitió, y me alegro mucho de haber tenido algo que ver en eso, grabar el disco Mas grande que nunca. Lo sé muy bien porque lo tengo dedicado y firmado por él. Mas tarde, después de almorzar, te lo enseño.

—Ese es el disco que trae la pieza «Deseándote», que se convirtió en tremendo éxito. —«Qué pena, que gran pena, pienso, pero no lo digo, que este hombre no haya sido el mentor, el guía permanente de Frankie»—. Y con ese disco, además, ayudó económicamente, desde la propia prisión, a su familia y a sus músicos, que se habían quedado sin trabajo.

—Es lo que te dije antes, ¡maldita bebida, maldita droga y malditos los que le hacen la cama a estos pobres muchachos! —Sus ojos lanzan destellos de ira, hace una pausa con una mirada de ausencia, pensativo—. ¡Tú no tienes idea de cuantas desgracias así yo he visto en estos cuarenta años!

Entra por el sendero un automóvil, se detiene frente al porche y desciende una señora, señora con todas sus letras, con unas cuantas bolsas del mercado en las manos. Me saluda amablemente, le da un beso en la mejilla a mi anfitrión y se marcha a preparar el almuerzo, que presumo grandioso.

—¿Dónde me quedé? —Retoma nuestra conversación—. Ah, sí, a principios del 90 sale de prisión con un expediente de buena conducta y todos, yo en primer lugar, esperamos no volver a verlo por la cárcel. —Pero no fue así.

—No. Con el éxito de su último disco gravitando sobre él, Frankie, que se cree otra vez invulnerable, vuelve a las andadas. Esperando vuelo en un aeropuerto, se emborracha, y cuando un guardia de seguridad solicita ver su equipaje de mano, sospechando que carga drogas, se vuelve como loco y lo agrede.

—¿Te imaginas si hubiera sido después del once de setiembre del dos mil uno? —le comento, sin pensarlo mucho.

—Prefiero ni pensar en eso. Lo cierto es que lo condenan a tres años de prisión, lo pasean, como hacen a veces con los reincidentes, por varios establecimientos penales: Miami, Reno, Atlanta, y termina por regresar con nosotros. —Se levanta para darle una mano a su mujer en algo que no preciso y vuelve en unos pocos minutos—. Mira, chico, se le caía la cara de vergüenza y el alma a los pies, de pena, sobre todo conmigo, cuando entró por la puerta de la prisión. Por un lado, yo estaba molesto con él por verlo otra vez allí, pero con el tiempo uno aprende, y yo llevo muchos años en esto, que recriminar al preso no ayuda en nada. La cosa es estimularlo, darle la mano, sacarlo de la depresión en la que caen, empujarlo a salir del bache y mirar hacia adelante, hacia el futuro.

—Tengo entendido que su esposa Judith, la madre de sus hijos, le ayudó muchísimo, que incluso dejó Puerto Rico y se mudó para la Florida para estar cerca de él.

—Así mismo fue. ¡Fíjate!, que Frankie siempre mencionaba que Judith era su gran apoyo y soporte, una mujer valiente.

En las visitas mensuales, ella venia con los niños y la pasaban muy juntos, todo lo bien que se puede pasar en una cárcel. El Correccional de Tallahassee es grande y tiene algunos terrenos arbolados que parecen un parque de recreo. Incluso hay mesas, aparatos de televisión y algunos columpios y cosas así para que los niños jueguen. No engañan a un adulto, pero es posible que los niños pequeños no se den cuenta de donde realmente están. Pero a él, a Frankie, le daba una pena horrible que sus hijos, tan chiquitos todavía, lo vieran en esas condiciones. Lo cierto es que con el tiempo le pidió a ella que espaciara las visitas para ahorrarle el viaje y, sobre todo, para no tener que engañar a los niños. Ella venia entonces cada dos o tres meses, traía de todo para almorzar, merendar con él. Pasarlo en familia junto a los muchachos. Pedirles a los familiares que no vengan a verlo tan a menudo, es durísimo para un preso, pero al mismo tiempo te demuestra el buen corazón y la capacidad de sacrificio del chico. Tenía en mente a los niños. ¡Sobre todo al varoncito!, me decía: «sueño con verlo en mí orquesta y que sea mejor salsero que yo».

—¿Es cierto que Frankie fundó una orquesta en la cárcel?

—Es completamente cierto. ¡Si lo sabré yo! —Se ríe con ganas, como al principio—. Frankie Ruiz no solo era un tipo de buen corazón, sino que también era cómico. Le puso Salsipuedes al grupo, y te asombrarías de lo bien que sonaba en los ensayos. Una vez se reunieron como mil presos en el teatro y la presentación fue un éxito apoteósico. Mira, chico, a lo mejor me equivoco, pero creo que ese día Frankie estaba más feliz, tocando y cantando de gratis, que cuando cobraba un dineral afuera. Me parece que esa noche se hicieron algunas fotos y te sorprenderás de la apariencia de todos los muchachos, se veían como profesionales. Por cierto, además de tremendo cantante Frankie era un percusionista de primera categoría. Él mismo me contó que había empezado como bongosero y timbalero. ¡Para que decirte, Frankie, sobrio, en sus cabales, era la mejor gente del mundo, amable, cariñoso, desprendido, ya ves por qué te digo que malditos sean los vividores y vagos que lo arrastraban al mal camino!

—¿Mejoró incluso físicamente en ese tiempo? Hay fotos en las que se ve atlético —digo, tratando de obtener más detalles.

—Ya él venia con problemas en el hígado, pero la vida ordenada, la limpieza total de alcohol y drogas, un régimen de comida sana y hasta el ejercicio físico, porque acudía al gimnasio regularmente a levantar pesas, le hicieron mucho bien, parecía otro cuando salió dos años y pico después.

—Lo soltaron en 1992 con el 85% de la sanción, ¿no?

—Su conducta fue magnifica y todos, yo incluido, claro está, dimos los mejores informes que podíamos dar sobre el muchacho. El acuerdo de la comisión penal fue que regresara a Puerto Rico y se uniera a un grupo de ex-adictos en fase de rehabilitación. Es una organización puertorriqueña, tengo entendido que se ha extendido a otros países, sin fines de lucro con la que yo he trabajado otras veces que se denomina Hogares Crea, acrónimo de Centro de Rehabilitación de Ex Adictos, y esa organización ha hecho un trabajo formidable durante cincuenta o más años. En 1970 su creador y presidente, Juan José García, descubrió que reuniendo a varios de los músicos que estaban en tratamiento en diferentes Centros, podría armarse una súper orquesta que serviría como terapia a los internos, entonces se dio a la tarea de crear una orquesta que se llamó Impacto Crea, para que amenizara todas las actividades. Fue entonces que tres jóvenes que se encontraban en tratamiento y que eran músicos profesionales, comenzaron a dar los primeros pasos y formalizar la agrupación. Tras una larga lucha para conseguir los instrumentos, luego de varios ensayos, en el año 1971 surgieron las primeras composiciones cuyas letras siempre buscaron crear esperanza en las personas con problemas de drogadicción demostrando que, si se quiere, se puede salir adelante. Impacto Crea llegó a publicar un total de 8 producciones discográficas, algunas llevadas al mercado por Fania Records.

«La música es nuestra cura, Impacto Crea se lo asegura». Ese fue el lema de la orquesta. Dentro de los directores que tuvo la Orquesta Impacto Crea en su historia figuran: Carmelo Rivera, trompetista de la Sonora Ponceña, el bajista Harry Maldonado, el trompetista Juán Rivera Ortíz y posteriormente el bongocero y compositor Víctor Colón. En su momento el cantante José Cheo Feliciano colaboró en las grabaciones de Impacto Crea. Gracias a la rehabilitación en Hogares Crea, Cheo pudo volver de forma triunfal a los escenarios. Algunos de los temas que cantó con la Orquesta fueron: «Quiérela», «Qué es lo que pasa» y «Cobarde».

—¡Vaya..., que clase me has dado! ¿En ese tiempo es que graba la canción «Mi libertad»?

—Chico, también tengo ese álbum firmado por Frankie. Me envió enseguida el disco y tuvo el gesto de dedicárselo a su pueblo y su gente de adentro, o sea, a los presos que dejó por detrás. Ni te imaginas lo que significa para un confinado un gesto de esa naturaleza. Yo no sé mucho de música, y si sé algo, es de reggae, rumba y viejos boleros cubanos, pero oí decir que esa canción había sido tremendo éxito de ventas.

—Si, antes de salir el disco ya había vendido como cincuenta mil unidades. Un disco de oro en toda forma. Por cierto, mucha gente piensa que la composición es del propio Frankie, pero no es así. La letra, buenísima, por cierto, es de Pedro Azael y Laly Carriazo y el arreglo musical y el añadido de trombones es de Carlos Cuto Soto —le comento, olvidando y confundido. Ya no sé, si este es un hombre de leyes o de música.

—No sabía esos detalles, pero sí sé, me lo decía él mismo, que lo de Frankie no era la composición sino la interpretación. Tenía una voz afinadísima y tremenda melodía. —Se escuchan sonidos de cubiertos y vasos ordenándose sobre una mesa—. Lo escuché cantar en vivo en la cárcel, y te juro que hubiera preferido haberlo oído en la radio, montones de veces, que aquí, en el Correccional de Tallahassee.

La esposa, una mulata alta y corpulenta que todavía conserva muchos rasgos de su belleza isleña, sale al portal y en un español un poco raro, pero muy musical, nos invita a pasar al baño para lavarnos las manos antes de ir a la mesa.

Tengo hambre y he disfrutado esta conversación con deleite. Se lo digo a mi nuevo amigo, un nuevo amigo que me parece ya de toda la vida.

—¡Ah sí, pues prepárate, chico, que lo mejor viene ahora! —Se pone de pie, me saca una cabeza por lo menos, y me hace un ademan para que entre a su casa.

—¡Mira, te vas a quedar a dormir una siesta porque después que pruebes la sazón de mi mujer, no te vas a poder levantar de lo lleno que vas a estar, que te parece!

—Pues… pues que me veo lleno a reventar y después durmiendo esa siesta, ¡okay!

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